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Detrás de las Cortinas es una novela de superación personal y romanticismo basada en hechos reales, que tiene como propósito instruir a los padres y jóvenes a forjar un futuro mejor para las generaciones venideras. Relata las vivencias de un joven humilde; nacido en una pequeña isla del Caribe y abandonado por sus padres desde su niñez. Violado sexualmente, enviado a vivir a un orfanato y marcado por las experiencias negativas de la vida; no escatimó el más mínimo esfuerzo para luchar y seguir con determinación el camino a la superación.
Los temas que trata son: abandono familiar, la soledad, abuso sexual, sacrificios, dónde estaba Dios, los sentimientos, síndrome de la separación, la venganza, ¡hasta cuándo!, injusticia de la vida, empezar de nuevo, mi lucha interior, infidelidad, el peor de los vicios, entre otros.
Al leer esta novela se transportará a un mundo lleno de aventuras impresionantes y descubrirá que aún desde la miseria y la estrechez en la que se pueda encontrar, podrá lograr aquello que se ha propuesto y hacer sus sueños de triunfar en la vida, una realidad.

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 El cántico melodioso de los pájaros silvestres se escuchaba en la parte posterior de la casa. La brisa del océano acariciaba las hojas de los árboles y la perra le ladraba a los vecinos de al lado como de costumbre. Una parte de los familiares ayudaba a mi esposa en la cocina, preparando los bocadillos del festejo, mientras yo ultimaba los detalles de la decoración y la música para el evento.

Todo estaba listo; las mesas para los obsequios, la bebida, la comida… Los invitados comenzaron a llegar. Era la fiesta de cumpleaños de nuestro hijo Elías. Entre la multitud pude ver a mi gran amigo y hermano Enrique Javier, a quien conocía desde hace mucho tiempo, y cuya historia me maravillaba en gran manera. Siempre le había insistido en convertir lo que vivió en palabras impresas, que transmitieran inspiración y reflexión para una vida mejor.

 Gracias Enrique Javier Martínez, amigo del alma.

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 —Buenos días Enrique. ¿Cómo te sientes?
—Bien, creo. Recuerda que hoy es viernes y tienes una cita con el doctor.
—Lo sé, descuida.
—Por favor, cuida bien del niño y en mi ausencia no olvides recordarle que lo amo.
El sol no tardaba en salir y el perfume de la mañana inundaba toda la habitación. El reloj apenas marcaba las siete y cuarto y en su tic-tac me recordaba que me apresurara. Me levanté de la cama con los ojos a media asta y la respiración algo pesada. Era el funeral de mi hermana, Angela María, la cual sólo llegué a ver tres veces en mi vida. Ayer murió en un accidente automovilístico.
Mi esposa planchaba mi camisa blanca mientras yo tomaba una ducha y meditaba en aquello…
Pobre Angela María, llena de vida y tierna juventud. ¿Por qué la vida tuvo que ser tan cruel contigo? ¿Por qué tuviste que correr la misma suerte que nosotros, los hijos de tu padre? ¿Cuál fue el insolente conductor que te arrebató la vida?
Aunque de nosotros fuiste la más bienaventurada, por haber crecido junto a tu madre bajo la seguridad de un hogar, quizás hay cosas en la vida que no se llegarán a entender.
Mi meditación fue interrumpida por un brusco sonido en la puerta del baño, era mi esposa diciéndome que era tarde. Me concentré tanto en pensar en Angela María, que no medí mi tiempo en la ducha.
—¡Gracias amor! —le grité desde adentro.
Al salir de la ducha mi esposa terminaba de vestirse y mi suegra jugueteaba con su nieto en la sala.
—La camisa está sobre la cama —dijo mi esposa, mientras apuntaba con el dedo en la misma dirección.
—Gracias corazón.
Me vestí con la mayor brevedad posible. Fui a la cocina y preparé algo rápido para desayunar. Tomé mi equipaje y el sobre que había dejado la noche anterior sobre el escritorio de la oficina. La abuela ya se había marchado con el niño y mi esposa estaba a punto de irse al trabajo.
—Que tengas buen viaje.
—Gracias.
Me le acerqué para abrazarla y le di un beso. Ella me abrazó fuerte y me dijo al oído:
—Ve con Dios y no te preocupes, que todo saldrá bien —y se marchó.
Todo saldrá bien. Estuve pensando en esas palabras todo el resto del viaje. Realmente necesitaba que todo saliera bien, mi esposa que debía ir al doctor y yo que me dirigía al entierro de mi hermana que pocas veces llegué a ver.
Tomé las llaves del auto, di un beso a mi perrita y cerrando la puerta tras ella me marché. Subí al automóvil e intenté encenderlo, pero noté que tenía problemas para encender.
—¡Ho, no, ahora no! —exclamé como quien está a punto de entrar en pánico. Ya estaba bastante retrasado y debía estar temprano en el aeropuerto para tomar mi vuelo. Estaba supuesto ir a casa de mis cuñados para que ellos me llevaran al aeropuerto, puesto que mi esposa tenía algo muy importante que hacer en el trabajo y ellos muy cordialmente se ofrecieron, además tenían el día libre.
Había perdido treinta minutos tratando de hacer encender el auto hasta que desistí. Solicité un taxi y en el camino llamé a mis cuñados para explicarles lo sucedido. Les pedí disculpa y les dije, que dadas las circunstancias era más conveniente para todos que fuera directamente al aeropuerto y así lo hice.
En el aeropuerto, me acerqué rápidamente al mostrador para tomar mi pase de abordar y luego me dirigí a la puerta de seguridad. En la puerta de seguridad el oficial me hizo pasar a un área apartada de la fila normal de chequeo, me dijo que necesitaba chequear mi equipaje y a mí en particular.
—¿Pasa algo oficial? —le pregunté.
—No, señor, sólo rutina —respondió cómo quien tiene todo el tiempo del mundo y a mí que me faltaba.
Le pedí que por favor se diera prisa, que mi vuelo partiría en pocos minutos y estaba algo retrasado. Ya comenzaba a pensar detenidamente en el gran contraste entre las palabras de mi esposa, "todo saldrá bien", y la forma peculiar en que había comenzado mi día. Por fin terminó el chequeo, tomé mis cosas y marché de prisa por el pasillo. A pesar de la prontitud no pude dejar de notar unos oficiales chequeando una maleta abandonada. No tenía tiempo para fisgonear, pero veía cómo la tensión y la preocupación se agudizaban.

Al llegar a la puerta de embarque, me entero que mi vuelo había partido unos minutos antes. No pude contener mi enojo. Comencé a discutir con la persona en la puerta de embarque y me enfurecí tanto, que podía sentir cómo el color de mi rostro se tornaba rojo y crujía mis dientes. Pude haber reaccionado de una manera más calmada, pero me venció el coraje. Llamaron a seguridad y me llevaron a un cuarto aislado mientras indagaban mi caso.

Habrían pasado unos cinco minutos, cuando vi que traían un joven esposado; es el dueño de la maleta abandonada que vi cuando me dirigía a tomar mi vuelo, pensé. Las palabras de mi esposa retumbaban en mis oídos: "todo saldrá bien". Me preguntaba, ¿Cuándo mejorarían las cosas?, porque hasta ahora todo era un desastre. Ya no quería pensar más en aquellas palabras que retumbaban en mi mente como una pelota de baloncesto sin rumbo fijo. Torpemente malgasté tiempo que ahora me falta, el auto no encendió, acabo de perder mi vuelo y ahora aquí, definitivamente todo estaba saliendo mal.

Alguien ocupa la silla frente a mí. Debía medir algunos seis pies de estatura, traía barba algo descuidada y el pelo rizado. Por su acento me parecía europeo; uno de esos jóvenes que salen por el mundo en busca de aventuras y conocer nuevas culturas. El me mira, yo lo miro y un simple movimiento de cabeza se cruza entre los dos. Después de varios minutos de silencio me atreví a preguntarle.
—¿Por qué estás aquí?
—Por una estupidez —respondió cómo quien pudo haber evitado el vergonzoso incidente.
—¿A qué te refieres? Continué.
—Fui al baño y dejé mi maleta al cuidado de mi compañero de viaje, al parecer la dejó abandonada. Cuando regresé la encontré rodeada de varios oficiales de seguridad y un perro detector de explosivos. —¿Qué está sucediendo con mi maleta? —pregunté. Me detuvieron y aquí estoy. Espero que todo se resuelva rápido, pues sólo tengo allí mi ropa y unos libros de geografía, así que no creo que tarden mucho tiempo en liberarme.
¿Y qué pasará con tu vuelo?
—No será hasta la tarde, pero vinimos temprano para no tener que pagar un día extra en el hotel.
—Entiendo —le dije.
—Y usted. ¿Por qué esta aquí?
—Por agredir a una persona.
—¿Sí?
—Así es. Fui grosero con una persona en la puerta de abordar y aquí me tienes. Mientras hablábamos llegó su amigo acompañado de un oficial y éste con su maleta en mano. El oficial le dio la maleta y le dijo:
—Señor, aquí está su maleta. Disculpe los inconvenientes, pero la próxima vez trate de llevar su equipaje con usted a todos lados.
En estos días es muy delicado dejar paquetes desatendidos en los aeropuertos. La seguridad está más intensificada que nunca y hoy no sabes quién es quién, lo mejor es ser precavido.
—Gracias, oficial.
Tomó su maleta y sin despedirse abandonó el cuarto junto a su compañero. Minutos después llegó otro oficial para informarme de mi situación. Al verle me incorporé y le pregunté:
—Oficial, ¿qué pasará con mi vuelo?
—Lo primero es, —comienza a explicar cómo quien se prepara para dar un largo y aburrido discurso— que su comportamiento irrespetuoso en la puerta de abordar no es aceptable.
—¿Pero la incompetencia de la seguridad en el chequeo de mi equipaje por lo cual me retrasé, sí es aceptable? —interrumpí con muy áspero tono.
—Por eso le pedimos excusa, también le pedimos excusa por el inconveniente de haber perdido su vuelo. Le hemos asegurado un asiento en el siguiente vuelo el cual partirá en los próximos treinta minutos.
—Muchas gracias, oficial. Por favor, dele mi disculpa a la persona con quien fui irrespetuoso.

 
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Al salir mi estado de ánimo era relajado y tranquilo. La hora estaba algo avanzada así que fui al restaurante a buscar algo de comer antes del vuelo. Comenzó la invitación de pasajeros para abordar el avión con destino a República Dominicana y esta vez me aseguré de estar a tiempo.

En el pasillo que lleva al avión, veo que de las cinco personas que están delante de mí una de ellas era una mujer con un bebé en brazos de algunos siete meses, probablemente. Pensé en mi hijo. Mi amado tesoro. Quizás estará jugando en casa de los abuelos con el carrito control remoto que le compré para navidad. Aquel bebé parecía incómodo o quizás tenía hambre, no paraba de llorar. A lo lejos, escuché a alguien susurrar: —¡oh, por favor, que no se siente a mi lado!

Cordialmente saludé la azafata que estaba recibiendo los pasajeros en la puerta principal. Me dirigí al asiento asignado el cual estaba sobre las alas del avión y cerca de una de las salidas de emergencia. Abrí el compartimiento para colocar mi equipaje y así tener libre el espacio debajo del asiento delantero para estirar los pies cuando me sintiera cansado.

Todos los pasajeros se habían sentado, los anuncios relativos a la seguridad habían sido leídos y mi compañero de viaje me hizo una pregunta que había escuchado en reiteradas ocasiones:
—Disculpa, ¿Tú eres pastor?
—No, pero soy cristiano y asisto a la iglesia con cierta regularidad —respondí.
—Entiendo —me contestó, cómo quien había sido decepcionado en un intercambio de regalos.
—¿Y tú lo eres? —le pregunté.
—Claro, hace algún tiempo le entregué mi vida a Dios y desde entonces soy un hombre renovado.
Por su apariencia personal parecía un hombre común y corriente, pero cuando hablaba mostraba tanta convicción en sus palabras, que yo me sentía un inmaduro en los asuntos. El cansancio físico y emocional me impedían mostrar el suficiente interés, pero a la misma vez estaba ansioso por escuchar su versión, saber por qué se sentía un hombre renovado. Estaba a punto de preguntarle cuando se disculpó para ir al baño, así que tuve que esperar. A su regreso me dispuse dejar a un lado mi orgullo profesional y darle espacio a mi inseguridad para encontrar qué podía aprender. Tardé unos minutos, respiré profundo y le pregunté...
—¿A qué te refieres cuando dices, "un hombre renovado?"
Cerró la Biblia que estaba a punto de leer y me respondió:
—Me siento un hombre renovado porque conocí la profundidad del amor de Dios. Ese amor que inunda el corazón y echa fuera el temor, llenando en tu vida necesidades que sólo él puede suplir. Me siento muy agradecido de Dios y doy por gracia lo que por gracia he recibido.
¡La profundidad del amor de Dios!
Aún sigo sin entender. ¿A qué se referirá? Es que acaso había una nueva definición sobre ese concepto que no había aprendido en la iglesia, la curiosidad me impulsaba a continuar preguntando.
—¿Cuál es la profundidad de la que hablas?
Giró su rostro hacia mí y clavó su mirada en la mía cómo quien reconoce la sequedad espiritual en mi interior.
—El amor de Dios es algo que no se puede expresar con palabras. Es algo que se demuestra, algo que se siente en lo más profundo del alma. Yo creí que lo entendía hasta que una experiencia muy dolorosa abrió mi mente espiritual y me hizo entenderlo. Desde que tengo uso de razón me recuerdo siempre asistiendo a la iglesia todas las semanas junto a mis padres. Soy hijo único, así que sólo éramos nosotros tres. Mis padres dejaron de asistir cuando yo crecí, sin embargo, yo continué asistiendo. Después de algún tiempo fui perdiendo el interés. A pesar de eso nunca dejé de asistir pues me consideraba cristiano en mi corazón. Era algo extraño para mí, que mis padres eran supuestamente cristianos, sin embargo, pocas veces les escuchaba mencionar a Dios en casa. Era como si Dios para ellos solamente existía en el templo. Con el paso del tiempo he asumido la idea de que muchos padres asisten a la iglesia como parte de una costumbre, un requisito más para ser un buen ciudadano o para que sus hijos crezcan con una moral intachable. "Muchas personas esperan que Dios haga por milagro lo que ellos deben hacer por obediencia".
Mientras él hablaba, en mi mente trataba de conectar los puntos y llegar al meollo del asunto.
Al final de mi carrera de derecho —prosiguió —, conocí una joven muy hermosa que también estaba de término en enfermería. Nos conocimos en la biblioteca central del pueblo. Yo que devolvía unos libros sobre confesión judicial y ella solicitaba unos sobre historia de la enfermería. Comenzamos a platicar y así nos dimos cuenta que estudiábamos en el mismo lugar. Empezamos a salir y después de algunos meses nos mudamos juntos. Nueve meses después le propuse matrimonio. Era la persona con quien quería pasar el resto de mi vida. Ambos teníamos agitados horarios y batallábamos por pasar más tiempo juntos; pero comencé a socializarme con personas del trabajo e inusitadamente sucedió algo que cambió el curso de mi vida.

Una tarde salí a almorzar con mi secretaria. Era un almuerzo de negocios. Dos semanas después me quedé a trabajar hasta tarde, así que llamé a mi prometida para hacérselo saber para que no se preocupara.

Estando concentrado en el problema, noté que alguien caminaba detrás de mí. ¿Alguien habrá forzado la cerradura buscando algo para hurtar? Pensé. Es imposible. La alarma se habría disparado. Era Jennifer, mi secretaria. Parece que había olvidado algo ese día y regresó a buscarlo en la noche. Recordé que también ella tenía llaves de la oficina.
—Jennifer, casi me matas de un susto. ¿Qué haces aquí a estas horas?
—Vine a buscar unos papeles importantes que debo analizar esta noche.
Ella tomó los papeles y se marchó. Eso pensé. Traté de recobrar  la concentración cuando siento unas manos suaves como algodón que acariciaban mi cabello. Era Jennifer.
—Jennifer, ¿Qué estás haciendo? Sabes muy bien que esto no está bien.
Mientras yo pronunciaba esas palabras y con mis manos trataba de alejarla, ella insistía en atraerme hacia ella.
—Carlos, desde aquel día que fuimos a almorzar no he dejado de pensar en ti. He tratado de decirme a mí misma, que una relación entre nosotros es imposible pero mientras más me lo repito más me siento atraída hacia ti. Además, no puedes negarme que tú también te sientes atraído por mí. Lo noto por la forma en que me miras.

Intenté negarlo con palabras pero la expresión de mi cuerpo me desmentía a mí mismo. Yo siempre había visto a Jennifer cómo una mujer ordinaria, humilde y de poco gusto, pero ese día descubrí otra persona: Una mujer diferente a la que antes había visto. Llevaba puesto una falda negra y una blusa de franjas rojas y negras que hacía juego con su falda la cual dejaba ver sus agraciadas curvas y su figura esbelta y sensual. Intenté apartar la mirada, pero el fulgor de su pelo brillante y bien cuidado que jugueteaba frente a mí me habían hipnotizado. Sus ojos grandes y redondos, su nariz puntiaguda y vertical y la estructura casi perfecta de sus labios me hicieron preso de tu atención.

Vuelve y se acerca hacia mí poniendo su mano izquierda detrás de mí cuello mientras que con su mano derecha llevaba mi mano izquierda a su cintura. Traté de evitarlo pero fue inútil. La contextura de sus caderas era como el imán cuando lo acercan al metal. Sentía que perdía mis fuerzas ante su presencia y me dejé llevar por la lujuria y la concupiscencia. Al besarme, sentí que su lengua bailoteaba con la mía, haciendo arder en mí la llama del placer y una pasión sexual descontrolada. Caí vencido a sus pies. Me hizo esclavo de sus deseos más íntimos y juguete de sus fantasías pasionales.

Cuando todo hubo terminado, tomé las llaves de mi auto mientras abría la puerta para despedirla. Al llegar al auto, arrojé el maletín en el asiento de atrás y me dirigí directo a casa. Mientras conducía no podía evitar sentir en mi pecho un inmenso peso de culpabilidad. Aún no asimilaba bien lo que acababa de ocurrir. Mi novia ya estaba dormida. Entré a la habitación con sumo cuidado, me acosté y comencé a meditar.

Dios, ¿Cómo es posible que me haya dejado envolver de esta manera? No tengo excusa para tan grave error. Le he fallado de una manera tan baja a la persona que más amo y con quien espero pasar el resto de mi vida.

Estaba ahí, dormidita junto a mí, tierna e inocente, ajena a lo que había hecho. Mientras la observaba en ese estado de quietud, en mí interior había una tormenta que destruía a su paso todo mi equilibrio. Sentía el corazón pesado y abatido y no había nada que pudiera calmar esa intranquilidad. Pasé la noche en vela. No pude conciliar el sueño.
Por la mañana fui a la cocina a preparar desayuno. Minutos después, mi novia me sorprendió por la espalda.
—Hola mi amor, buenos días, ¿cómo estás?
Sus palabras eran dulces y llenas de paz, mas yo las escuchaba como regaños envueltos en pesadas lágrimas, reclamándome ¿Por qué le había hecho eso? ¿Por qué fui tan bajo y descarado? ¿Por qué fui tan desconsiderado con la mujer que amaba? Era mi propia conciencia castigándome por mis actos.
—Buenos días, mi amor…Bien, ¿Y tú?
—Bien. Te esperé hasta tarde, pero el sueño me venció.
—Lo sé, te encontré toda rendida.
Aunque me sentía mal; no tuve el valor de decirle, de destruir su felicidad y hacerla pasar por aflicciones sólo porque yo había actuado estúpidamente. Se lo diré, pero esperaré el momento adecuado. Pensé dentro de mí.

De regreso a la oficina, ese mismo día, fui directo a mi escritorio tratando de evitar a Jennifer. Sentía que si la veía, la cara se me caería de la vergüenza. No la vi en su escritorio, sólo a los demás colegas. Después de colocar el maletín en el sofá e ir al baño para arreglarme la corbata, allá, a lo lejos en el pasillo alcancé ver a Jennifer. Yo iba y ella que venía. Nos encontramos y nos miramos el uno al otro. En su rostro había una pronunciada expresión de satisfacción, en la mía una de vergüenza y culpabilidad.

Los días pasaban tratando yo de encontrar el momento adecuado para decirle a mi novia lo sucedido, pero mientras más se alargaban los días más me iba acostumbrando a ese sentimiento de culpabilidad. En eso, algo sucedió: se me acerca Jennifer, debido a que su auto estaba en el taller, me pide que la lleve a su casa. Alguien la habría traído al trabajo o habría tomado el autobús, pensé. Fue una petición pública, así que sólo acerté aunque era algo que no quería hacer. Mientras íbamos en el auto, trataba de explicarle que lo ocurrido entre nosotros esa noche fue una equivocación y que no puede bajo ninguna eventualidad volver a ocurrir, lo que conllevó a una acalorada discusión. Llegamos a su apartamento, ella me invitó a tomar una copa. Sentí miedo, pero al mismo tiempo no quería dejar las cosas así.

Cuando llegamos a su apartamento, se dirigió a la cocina a tomar un vaso de agua y luego a la habitación para ponerse algo más cómodo. Yo me había sentado en el sillón tratando de evitar la ventana. Al salir de la habitación, traía puesto un atuendo transparente que divulgaba toda su ropa interior, lo que hizo que mi imaginación volara por los aires.

Me ofreció una copa de vino y le di las gracias, que sólo entré para dejar las cosas en armonía y asegurarme de que no volviera a suceder. Mientras yo hablaba, dejó caer a propósito unas gotitas de vino sobre su pecho, lo cual desvió mi vista y me hizo perder por completo el tema de la conversación.
Su forma de sentarse, su postura seductora, cruzando las piernas mientras sostenía la copa de vino en su mano izquierda y su derecha descansaba sobre el aburrido sillón. Casi podía escuchar sus pensamientos eróticos cuando mordía estratégicamente su labio inferior. Desde entonces no pude recordar el motivo de mi visita y sólo pensaba en aquella noche y la posibilidad de repetir la experiencia. Hice el intento de marcharme para evitar caer preso de la tentación nuevamente pero ella me detuvo interponiéndose en mi camino. Se acercó a mí y besándome en el cuello me desarmó por completo. Una vez más me entregué a ella permitiéndole adueñarse de mi voluntad. La apreté contra mi pecho hasta que pude oler su respiración. Caminamos cómo borrachos hasta que nuestros cuerpos chocaron contra la puerta de su recámara. Entramos y la luz tenue hacía propicio el ambiente. Ella desabotonaba mi camisa, yo desgarraba su vestidura. ¡Que belleza de mujer! Su piel era suave como la seda y su cuerpo perfecto como una escultura acabada de pulir. Deslizaba mis manos sobre su cuerpo ávido de placer y el eco de su voz llenaba toda la habitación. Estábamos completamente desnudos, los dos solos allí, fundiéndonos en un sólo cuerpo mientras nos devorábamos a besos. Sus caricias eran únicas, una diferente a la otra. El sabor de sus besos era como el néctar de las flores que embellecen la flora silvestre. Lo que comenzó con el pretexto de no repetir algo que sucedió por accidente, terminó en la cama consumándose por segunda vez.

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 Desde esa noche empecé a tener una doble vida. Cuando estaba con mi novia no me sentía culpable por haberla traicionado y cuando compartía con Jennifer sentía que todo era normal. Me sentía el hombre más dichoso del mundo. Mi novia y Jennifer eran dos mujeres muy distintas, pero unidas eran la mujer perfecta. Una era tierna y cariñosa, la otra era alegre y sensual. Con una compartía recuerdos, con la otra disfrutaba el momento. Con una me sentía dichoso, con la otra me veía completo.

Después de unos meses y a punto de casarme, Jennifer y yo sostuvimos una fuerte discusión. Ella me pedía que abandonara a mi novia, lo cual no estaba dispuesto a hacer; así que dimos la relación por terminada. Llegó el día de la boda. Fue un acontecimiento estupendo, lleno de luces y colorido, todos los presentes compartían con nosotros aquel singular momento. La luna de miel fue inolvidable.

Mi esposa era una mujer llena de virtudes y cualidades incomparables. Su amor incondicional me hizo sentir una vez más la culpabilidad que trae como consecuencia una traición. Me dije a mí mismo: si fui hombre para fallarle, también lo seré para enfrentar las consecuencias, por lo cual desde ese momento buscaba la ocasión… Un día entré a nuestra recámara, ella llevaba puesto sus lentes de lectura, me le acerqué y le pregunté:
—Amor, ¿puedo hablar contigo?
—Claro, ¿qué sucede? —me dijo con voz calmada, mientras guardaba sus lentes.
—Hace tiempo he querido decirte algo, pero cobardemente no encontraba la ocasión para ello. Movido por tu amor ya no soporto más. La conciencia me acusa y el dolor revienta mi pecho.
—Me asustas Carlos, ¿a qué te refieres?
—¿Recuerdas esa noche cuando te llamé para que no me esperaras despierta porque llegaría tarde?
—Sí, la recuerdo.
Ese fue el principio de la historia. Luego continué dejando mi alma al descubierto, haciéndole saber en la basura que me convertí, traicionando su confianza.

Ella permaneció callada como quién no encontraba palabras qué decir mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas. Se puso en pie y salió de la habitación. A lo lejos podía escucharla derramar su corazón en llanto. No tuve el valor para estar a su lado, preferí llorar sobre mis rodillas en el mismo lugar. Ella entró nuevamente a la habitación y comenzó a regañarme con palabras que nunca antes la había escuchado pronunciar. Pero ese era el menor de mis problemas. Prefería su furia antes que el dolor agudo que penetraba mi alma y que no podía hacer parar. Me sentía morir viviendo.

Los días que siguieron a esa conversación fueron de dolor. Ella no era la misma. Casi no me dirigía la palabra, me lo había merecido. Pero un día se me acercó y me dijo:

—Carlos, tú sabes que te amo con toda mi alma y que lo que hiciste me ha partido el corazón, pero quiero que sepas que yo te perdono por el amor que te tengo. Para mí, amor no es sólo un sentimiento, es una decisión. Prométeme que nunca volverás a hacer algo que hiera nuestra relación.

No había palabras que pudieran expresar mi sentir, sólo la abrasé mientras dejaba que mis lágrimas rodaran por su espalda. Ellas hablarían mejor que las palabras.

Esa noche entendí el significado del amor. "El amor es sufrido, benigno, no busca lo suyo, no se goza de la injusticia mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser (1 Corintios 13:4-7)".

Mi esposa no tenía razones para continuar viviendo a mi lado. Aún trato de entender qué la llevó a perdonarme y la grandeza de su amor. No encuentro la respuesta pero me siento muy agradecido. No siempre se tiene esa oportunidad.

Han pasado por mi mente mil y una historias sobre el sacrificio que se hace por amor, sobre la grandeza del amor de Dios. Recordaba los sermones en la iglesia y ahora había algo con lo cual comparar el amor de Dios. Si mi esposa, siendo una simple humana hizo algo tan grande por amor, qué no estaría Dios dispuesto a perdonar. Esa noche entendí la profundidad del amor de Dios.
Al día siguiente fui al templo y volví mi rostro a Dios en oración y le dije:
Padre celestial, tú que habitas en las alturas. No hay nada que pueda esconder de ti pues la oscuridad te es lo mismo que la luz. Hoy traigo mi pecaminosa vida a tus pies, te he fallado a ti, a mi esposa, a mis principios y a todo el que me tiene como ejemplo. Pero ahora te ruego me perdones y hagas de mí una nueva criatura.
Sentía cómo un gran peso caía de mis hombros. Admito que no estoy orgulloso de la forma en que entendí la magnitud de lo acontecido, pero estoy muy agradecido. Mi esposa me mostró con su perdón ese insondable amor. Desde entonces me he propuesto la misión de hacer feliz a mi esposa por el resto de nuestras vidas. El amor no es algo que se dice: se demuestra. No es sólo un sentimiento, es una decisión. Ahora vivo para Dios, protegiendo y cuidando la familia que él me ha dado.

 Es interesante ver cómo varios acontecimientos coinciden en la misma fecha a través de la historia; Año 2012, el ex-presidente Barack Obama gana por segunda vez la presidencia de los Estados Unidos, la súper tormenta Sandy en New York y cómo olvidar la masacre en Newtown, Connecticut o saber cómo en el mismo día nació mi sobrina y murió mi abuelo mientras celebrábamos el cumpleaños de mi cuñada en Marzo 17. ¡Cómo olvidar esa fecha! En un mismo día lloramos la muerte y celebramos la vida.

Ahora podía entender las palabras de mi esposa: "todo saldrá bien".
Si no me hubiera acostado tarde preparando la carta que dejé sobre el escritorio de la oficina, no me hubiera retrasado en la ducha. Si no me hubiera demorado en la ducha, hubiera podido estar a tiempo en el aeropuerto. Si hubiera estado a tiempo en el aeropuerto, no me hubiera mal humorado en el chequeo de seguridad y así hubiera estado a tiempo en la puerta de abordar y no hubiera perdido mi vuelo. Pero si nada de eso hubiese acontecido, habría perdido la oportunidad de entender la profundidad y la esencia del verdadero amor. No todo sucede por una razón, pero en ocasiones, las cosas que suceden Dios las usa para un propósito.

Empecé a meditar dentro de mí y recordé sobre un seminario al que asistí donde tocaron el tema de la infidelidad. Una palabra tan pequeña comparada con el daño y el dolor tan grande que causa. Me preguntaba, ¿Qué es lo que lleva a la gente a cometer tan grave ofensa? ¿Será que no se es completamente feliz en la relación? ¿Será el placer desmedido por estar en la conquista? ¿Será la necesidad de sentirse amada? ¿Será que con el paso de los años se pierde la belleza exterior? ¿Será que no se siente lo mismo en la intimidad?

En cualquiera de los casos es difícil señalar un culpable. Sin embargo, en algunos casos una infidelidad tiene precedentes. Esto no quiere decir que se justifica en ninguno de los casos. La carencia de afecto en el hogar, el aburrimiento sexual, siempre una excusa a la hora de la intimidad, la poca creatividad pasional, falta de apoyo moral, falta de comprensión, el maltrato, la inexperiencia, entre otras. Aunque la infidelidad por lo general se refiere al adulterio, lo cierto es que es un incumplimiento moral entre los miembros de una sociedad.

 Cuando no le dedicas tiempo debido a tus hijos, cuando no llenas las necesidades amorosas de tu pareja, estás dando motivos válidos para una infidelidad. Tus hijos buscarán en otros el consejo que tú no les das y tu pareja encontrará en otro lecho las caricias que tú le negaste. Es tiempo de ser responsables y precavidos y dejar de verse siempre como la víctima. No esperes causar una acción sin recibir una reacción.
No esperes ser grosero con tus hijos y que estos te amarán toda la vida.
No esperes estar siempre ausente en la vida de tus hijos y que estos serán tus mejores amigos, dejándote saber cada mínimo detalle que acontece en sus vidas.
No esperes agredir verbalmente a tu pareja delante de tus hijos y que estos no pisarán tus huellas.
No esperes abusar de tu mujer en frente de tus hijos dejándole moretones por todo el cuerpo y que estos no te odiarán.
No esperes salir con jóvenes que conociste en clubes y bares y que después no resultarás decepcionada.
No esperes dejarte manosear por todo el que te cae bien para cuando te veas embarazada decir que los hombres son unos estúpidos.
No esperes hacer daño a una nación y que no te buscarán por cielo y tierra, pues tarde o temprano te encontrarán.
No esperes serle infiel repetidamente a tu mujer para que al saberlo ella, tenga que perdonarte. No funciona así. Es si ella aún piensa que vales la pena.
No esperes ser frío con tu pareja y a cambio esperar caricias y besos.
No esperes vivir una vida desordenada y que las cosas te saldrán bien.
No esperes sembrar yuca y cosechar arroz. "Bebe el agua de tu misma cisterna y los raudales de tu propio pozo. Sea bendito tu manantial y alégrate con la mujer de tu juventud (Proverbios 5:15-18)".
Cuando hubo terminado de contarme su historia le di las gracias y le pedí prestada su Biblia. Leo mi Biblia diariamente, pero no la llevaba conmigo y necesitaba leer un pasaje bíblico que ahora pude entender.
—Desde luego, aquí tienes —agregó, mientras ponía un marcador en la parte donde estaba leyendo.
La tomé en mis manos como si fuera por primera vez mientras buscaba entre las páginas sagradas el pasaje que dice: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su único hijo, para que todo aquel que en él cree, no se pierda mas, tenga vida eterna (Juan 3:16)".
Terminé de leer, le agradecí y fui al baño. Allí pensé dentro de mí:
He leído este pasaje bíblico tantas veces, pero es ahora que he podido entender lo que quiere decir. No es que busquemos a Dios por miedo al futuro, por duda acerca del pasado o por alguna otra razón justificada, es que le amemos por habernos dado la mayor prueba de amor que alguien pudiera dar; entregar lo que más se ama. Dios entregó a su único hijo, su esposa le entregó toda su confianza. ¡Cuán grande amor es este! Dios, que sin nosotros merecerlo entregó su único hijo. Su esposa perdonó lo que humanamente parecía imperdonable.

De vuelta en mi asiento quería llorar, pero me contuve, preferí cerrar mis ojos y allí en la quietud de mi alma elevé una breve y significativa plegaria a Dios.

Cuando terminé mi oración, ya el capitán del avión había terminado de dar el último anuncio que indicaba que pisaríamos tierra en cualquier momento. El vuelo había transcurrido sin mayores dificultades. Me dirigí a la salida principal y desde allí me despedí de Carlos. Una vez fuera del aeropuerto decidí tomar un taxi. En el bolsillo de mi chaqueta tenía la dirección que escribí en un trozo de papel mientras estaba en el avión.
—¿Podría llevarme a esta dirección? —le pregunté amablemente al chofer, tratando de redimir mi actitud anterior.
—Claro que sí —respondió enérgicamente.
En una hora llegamos a la casa. Una señora de estatura promedio abrió la puerta. Estaba muy acongojada y parecía tener en sus trémulas manos el alma destruida.
—Pase adelante —me dijo entre sollozos.
En medio de la sala el cadáver de Angela María, la que fuera en vida mi media hermana, junto a ella nuestro padre llorando desconsoladamente. Los que allí estaban no podían contener las lágrimas, el llanto era estridente y la habitación estaba envuelta en una profunda pena que casi se podía tocar con las manos.

Me dirigí a la cocina a tomar un poco de agua, pues estaba sediento debido al viaje. Allí estaba la madre de Angela María, sentada con el rostro inmerso entre sus manos, dejando correr sus lágrimas entre sus dedos mientras apoyaba sus codos en sus rodillas. Estaba desconsolada. Le pregunté cómo murió y en seguidas le di el sobre que había traído. Era una carta que había preparado dándole explicación por una conversación que habíamos tenido hacía algún tiempo. Luego salí a saludar al resto de los familiares.

Alguien me buscó una silla, la tomé y busqué un rincón donde colocarme. Necesitaba espacio para organizar mis ideas y pensar con claridad. Allí estuve por dos horas y luego me marché al hotel que había reservado.

Ya entrada la noche, me sentía extremadamente agotado por todos los inconvenientes del viaje y por la carga emocional que traía conmigo. Rápidamente procuré la llave y solicité un servicio a la habitación pues no había comido nada sustancial en mucho tiempo. Coloqué mi equipaje sobre la mesa detrás de la puerta, arrojé mi chaqueta sobre el sofá y me despojé de la corbata mientras caminaba hacia la cama. Buscaba en la televisión algo para disipar, pero el toque en la puerta anunciaba que había llegado el servicio ordenado. Telefoneé a mi esposa para saber el resultado de su visita y para contarle sobre mi viaje.

Hacía algunos días notaba a mi esposa un poco extraña, tenía preferencia que antes no tenía por ciertos alimentos. Podía reconocer algunos olores a distancia y en momentos era muy distraída, lo que me llevó a sospechar en la posibilidad de un nuevo embarazo. Efectivamente, nos convertiríamos en padres por segunda vez. Mi querido Samuel tendrá un hermanito con quien jugar, pelear y ser los mejores amigos. Por un instante me sentí nuevamente el hombre más feliz del mundo. Nada me preocupaba.

Tirado en la cama dejé que mi mente vagara. Mientras meditaba el teléfono interrumpió mi meditación. Era Natividad, la madre de Angela María, para agradecerme la carta entregada. En la misma trataba sobre un incidente que creo era el causante de algunos malentendidos.
En la carta le decía lo siguiente:

Natividad, no existen palabras para describir el dolor por el cual está atravesando en este momento. Todos lamentamos esta gran pérdida y aunque quizás no es el mejor momento ni la mejor forma siento que debo expresar mi sentir.

Es cierto que fuimos hijos del mismo padre y eso en cierto modo nos hacía hermanos; pero compartir la misma sangre no es suficiente. El vínculo fraternal se forja bajo el mismo techo, llorando las mismas penas y celebrando juntos las mismas alegrías. Es compartir, soñar, vivir y crecer juntos lo que permite que las personas se amen como hermanos.

De nosotros, ella fue la menos perjudicada. Usted no tiene la menor idea del infierno que yo he atravesado. Abusos y maltratos es lo que he vivido. En varias ocasiones quise ocupar su lugar, estar donde está ella ahora, donde no hay llanto ni dolor, donde sólo hay un reposo infinito, porque entendía que es mejor el sueño eterno de la muerte que la vida que yo vivía. Muchas veces sentí que la vida estaba siendo injusta conmigo, al verme desesperado y sin nadie a quien acudir. Ella la tenía a usted, su madre. Yo no tenía a nadie. Lágrimas y soledad fue mi alimento de día y de noche.
Desde muy niño la vida puso en mis manos responsabilidades para la cual yo no estaba preparado aún y el peso de las mismas encorvaban mí cansada espalda.

Contadas veces traté de acercarme a ella, pero desistí al sentirme rechazado. No sé cuáles eran sus principios o la forma en la que estaba siendo educada, pero siento que hice mi parte. No se puede hacer lo imposible por lo que es imposible. Si hoy estoy donde estoy es porque me rebelé contra mí mismo, porque decidí que mi pasado no dictaría mi futuro. Aunque anduve por el valle de sombras de muerte y en ocasiones sentí mucho miedo, me enfoqué en mis metas y en la esperanza de un mejor porvenir. Perdóneme si en mi sentir le causo confusión y dolor.

En la mañana siguiente, el sol me despertó con sus rayos a través de la ventana casi desnuda. Bajé al comedor del hotel para buscar algo de comer y luego partir a la casa. Allí, mi padre se me acercó para decirme que partirían al cementerio en unos treinta minutos. De camino al cementerio se escuchaba el lamento de las personas que se preparaban para dar el último adiós. Mi padre se le acercó a un señor que portaba una Biblia y le dijo que proceda con lo acordado. El señor buscaba en el cementerio el punto más alto desde el cual todos le pudieran escuchar al dar su discurso.
—Amados hermanos y amigos aquí presentes...
Parecía como si tuviera un altoparlante en su garganta. Se le podía escuchar con mucha claridad a larga distancia. Supongo que era la presión del momento o alguna inspiración divida lo que le hacía hablar estruendosamente, pero elocuente a la vez.
—Hoy nos hemos reunido en este lugar con el propósito de pedirle a Dios fuerzas para soportar el indescriptible dolor que nos agobia.
Mientras el predicador hablaba traté de callar mis pensamientos y dejar que sus palabras curaran mi alma herida y llena de dolor.
—Aún recuerdo la mañana de aquel domingo en que Angela María aceptó al señor Jesús como su Salvador. Ese día hubo fiesta en los cielos y esa es nuestra esperanza y la esperanza de todo aquel que muere creyendo en Jesús, pues el que muere en Cristo sólo duerme.  Como está escrito en las sagradas escrituras, "Para mí el vivir es Cristo mas el morir es ganancia (Filipenses 1:21)".  Hoy nuestra hermana ha ganado.
Aunque ahora es difícil de entender, la realidad es que nuestra hermana ha pasado de muerte a vida y no importa que una persona haya aceptado a Jesús hace diez años o diez minutos antes de la muerte. Jesús aun estando en la cruz del calvario le dijo a uno de los ladrones, "en verdad te digo que desde hoy estarás conmigo en el paraíso (Lucas 23:43)".  Para Dios el tiempo no es factor de preocupación como lo es para nosotros, lo importante es que lo aceptemos a tiempo. Jesús murió por nuestros pecados y venció la muerte por nosotros para darnos una vida eterna a su lado.
Como está escrito, "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15:55)".
La muerte, como la conocemos, es sólo una versión ampliada y prolongada del estado de reposo del que nuestro cuerpo hace uso para descansar.
Pero ¿qué pasa cuando morimos?
La escritura nos dice que "del polvo fuimos creados y al polvo volveremos (Génesis 3:19)", pero el espíritu vuelve a Dios que lo dio. Sin embargo, nuestra alma irá al lugar que hayamos decidido mientras estuvimos en vida. Cuando morimos se produce un proceso tan complejo, que es imposible para nosotros como simples mortales poder verlo o entenderlo; sin embargo lo creemos mediante la fe.
Al morir nuestros cuerpos irán a la tumba fría y oscura, pero nuestras almas irán al paraíso de Dios para descansar hasta el último día. Es por ello, la importancia de que Dios habite en nuestros corazones. Con Jesús en el hogar, no sólo se vive en armonía sino que él es el único que hace posible que después de este proceso que es parte de la vida, nos podamos reunir nuevamente con nuestros seres queridos en aquel lugar tan maravilloso. Dios les bendiga.

 Fue un momento muy triste. Las lágrimas no cesaban y a medidas que se acercaban los últimos minutos para depositar el cadáver en tierra, el lamento se agudizaba. Era como si las gargantas de los allí presentes fueran a reventar en pedazos. Cuando todo hubo terminado, me despedí de los familiares y me encaminé a tomar mi vuelo a casa.

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De camino al aeropuerto, el dolor me mataba por dentro. Nunca dediqué tiempo para reparar mi relación con mi hermana y ahora me arrepiento de no haberlo hecho. Dejé que mi corazón se adormeciera y que nuevamente se llenara de rencores. El tiempo pasó esperando que yo me decidiera o que el momento perfecto llegara. Ese momento nunca llegó y ahora es demasiado tarde. Ya ella no está. —Dios, ¡qué mal me siento! —exclamé.
En la puerta de abordar, entre la multitud pude divisar a un joven cuyo rostro me parecía conocido, pero continué y no presté importancia. En camino hacia mi asiento, percibo que quien se sentará a mi lado por el resto del viaje, es aquel joven que vi anteriormente y que por alguna razón me era familiar.
—Disculpa —le dije, mientras ocupaba mi asiento.
Coloqué mi equipaje debajo del asiento delantero y comencé a leer la carta de seguridad que estaba en el bolsillo del asiento frente a mí. Me detuve para escuchar la azafata que acababa de tomar el alto parlante para dar los anuncios de lugar. Al terminar, apagué mis dispositivos electrónicos y me dispuse buscar mi almohada de cuello para dormir una siesta durante el viaje. Estaba en ello cuando de repente una pregunta invadió mi privacidad.
—¿De dónde eres?, me pareces conocido—. Era el joven que ocupaba el asiento junto a mí.
—Nací en Hato Mayor, pero me crié en San Cristóbal —le dije.
Cuando le mencioné San Cristóbal, su rostro se iluminó como el cielo cuando desaparecen las nubes grises y oscuras.
—Creo que te conozco —me dijo nuevamente.
—¿De dónde? —no dudé en preguntarle.
—Tú fuiste mi profesor de idiomas cuando estudiaba en el programa para adultos.
Bajé mi cabeza con ligera vergüenza admitiendo mi mala memoria y le dije:
—Sí, recuerdo aquellos momentos. Perdona que no te haya reconocido al instante. La verdad es que es difícil para los maestros memorizarse todos y cada uno de los rostros de los estudiantes.
—Y ¿por qué te sientas aquí tan lejos?
—Por lo general me gusta tomar los asientos sobre las alas del avión, porque aprendí en la academia que es la estructura más fuerte del avión, ya que ahí es donde depositan el combustible. Por consiguiente, es lo más reforzado y en caso de un accidente sería donde estaría el mayor porcentaje de sobrevivencia.
De esa manera continuamos la conversación bajo una atmósfera más amistosa y agradable, debido a nuestro pasado. Después de unos minutos, le pregunté que había sido de su vida. Se acomodó en su asiento y me dijo:
—Cuando tú impartías clases, yo cursaba el cuarto nivel de bachillerato, estaba divorciado y sin hijos.
—¡Qué pena! —le interrumpí— ¿Qué sucedió?
—Mi esposa y yo no nos entendíamos. Peleábamos mucho. Al principio eran sólo peleas verbales que luego se tornaron en físicas. No encontraba cómo remediar nuestra situación así que me refugié en el alcohol buscando mitigar mi aflicción, pero de nada sirvió. A veces llegaba tarde del trabajo, muy cansado y agobiado. Por ello, decidí dejarlo para buscar algo mejor, lo cual me tomó unos meses para conseguirlo. Nuestras peleas se agudizaban día tras día hasta que llegué a golpearla muy fuerte varias veces. No sabía qué hacer. Mi único amparo estaba en el alcohol. Luego llegamos al punto de la incomprensibilidad y lo mejor fue la separación.
—¿Y qué sucedió luego? —insistí.
—Mis padres se separaron cuando yo tenía apenas ocho años de edad. Mi madre vino a vivir y a trabajar aquí en Miami, buscando un futuro mejor para mí. Yo vivía con mis abuelos, los padres de mi madre, mientras terminaba la escuela. El punto es que después que atravesé todo aquello, decidí venir a vivir con mi madre, para tratar de rehacer mi vida nuevamente. Conocí una joven de origen peruano en el bar donde trabajo. Las cosas entre nosotros no han sido perfectas pero ya tenemos dos años de casados. Ahora regreso de visitar algunos de mis familiares aquí en la isla. Mi esposa no pudo acompañarme por causa del trabajo.
Pero dime de ti. ¿Qué ha sido de tu vida? ¿A qué te dedicas en este país?
Me hizo mil preguntas a la vez. Me preguntó como quien tiene una sed insaciable de saber mi historia.
—Gracias a Dios me va bien. Estoy casado y seré padre por segunda vez. Tengo mi propio negocio.
—¿En serio? —reaccionó sorprendido.
—Así es —afirmé.
—Yo quisiera eso, poder lograr el sueño americano. Tener una buena casa, un carro lujoso y mucho dinero.
—¿Tú crees que ese es el sueño americano? —lo interrumpí buscando una respuesta a lo más importante.
—¿Y cuál es el sueño americano?
—Si el sueño americano se definiera por casas grandes, carros lujosos y mucho dinero, entonces el setenta por ciento de la humanidad estaría perdida.
—¿Por qué dices eso? —me pregunta con el ceño fruncido y la vista confundida.
—Es una larga historia explicarte.
—Es un largo viaje —dijo con una sonrisa a medias.
Regresé la almohada de cuello en mi equipaje. Tomé aire y me dispuse a explicarle.
—Alberto, los sueños son una transición de emociones e imagenes que se desarrollan involuntariamente en tu mente cuando duermes, pero lo más importante es, que en tus sueños todo es posible. En ellos no hay obstáculo o impedimento, el tiempo y el espacio no son inconvenientes para ti. En tus sueños tú eres el arquitecto y diseñador, tú eres el amo y señor. Y si lograras la habilidad de saber que estás soñando y poder a cierto grado, manipular esos sueños, nada sería imposible para ti. Aplicando esos conocimientos en la vida real, entenderás por qué los sueños se hacen realidad. Porque en ellos todo es posible. Sin embargo, no todo el mundo tiene la capacidad para soñar. En el sentido literal de la palabra tu mente convierte en sueños todo aquello que te rodea, tu ambiente, entorno, pasado, etc. Es difícil soñar con lo que no se ha visto o de lo que no se ha escuchado. Es por ello que se cree, que las personas que desde su nacimiento no han hecho uso del sentido de la vista, no pueden soñar. En la parte figurada, sucede lo mismo, no todo el mundo puede soñar, por una razón u otra. Unos porque se han acostumbrado a la vida que llevan, otros se conforman con lo que tienen y algunos han sido grandemente decepcionados en la vida y abandonaron los sueños que una vez tuvieron.
—¿Desea algo de tomar señor?—. Fuimos interrumpidos por la azafata.
—No gracias —le respondí y continué con mi explicación.
—El sueño americano, en mi opinión es una ideología. Es la esperanza que tiene la gente de venir a este país a trabajar, a poner en práctica sus habilidades, porque entiende que aquí les serán valoradas. Porque aquí las oportunidades y el sueño de una vida mejor tienden a hacerse realidad no sólo para ellos, sino también para sus hijos y los hijos de sus hijos. Lo contradictorio es que en este mismo país personas que nacieron y se criaron aquí, no han alcanzado el sueño americano. Lo cual me ha llevado a sustentar la teoría de que el sueño americano es una forma de pensar, que se puede hacer realidad en cualquier otra nación o cultura de la tierra.
—¿Cómo se logra el sueño americano profesor?
—Alberto, en mi caso, desde niño siempre soñé con ser grande. Aunque no era nadie ante la sociedad, siempre me veía siendo alguien importante en el futuro. Creo que nadie me creía cuando lo decía. Pero hoy me ven y deben reconocer que siempre estuve en lo cierto. Todo comienza con tu manera de pensar. Lo que hoy ves, lo que puedes tocar y todo lo que hay en el mundo nació de una idea. En tu mente se origina tu futuro. Y tu futuro será como pienses acerca de ti mismo. Soy el mayor de cinco hermanos y nací en Hato Mayor del Rey pero pasé gran parte de mi vida en San Cristóbal, ambas provincias de la República Dominicana. Una isla bendecida por Dios y maldita por los políticos. Se encuentra situada en medio del mar Caribe y el Océano Atlántico. Posee un esplendor cultural impresionante y una verde y delicada vegetación que se aprecia desde las alturas. Sus conquistadores la llamaron La Española, dándole el privilegio de ser el lugar con el primer asentamiento europeo en el nuevo mundo. Al recordar la historia de mi vida, mi mente se remonta a un día seis de enero.

Ese día el sol salía por el lado acostumbrado, calentando con sus rayos la tierra fría y húmeda por el sereno de la noche. En las calles inertes y negras por el color del asfalto, se escuchaba el bullicio de los niños desde tempranas horas de la mañana, impacientes por ver sus nuevos juguetes. Todo empezaba a cobrar vida.  Yo no era la excepción. Me levanté de mi cama y corrí a ver qué me habían puesto los Reyes Magos. Ese era el mito. Siempre supe que eso no era verdad, que sólo era un dicho para mantener viva la tradición de una cultura extranjera.

Ahí estaban nuestros juguetes; mi pistola roja con balitas de plástico de color amarillo. No recuerdo qué tenían mis hermanos pero sus sonrisas me hacían pensar que también eran afortunados como yo.

La verdad no era algo que veíamos con frecuencia. Algunos niños no eran tan afortunados, pues la vida a veces no es como se vislumbra, ni como se anhela. Hay quienes saben disimular su dolor cuando llegan días como esos, pero la verdad es que el corazón se quiebra de dolor e impotencia al ver como sus amigos disfrutan y ellos no.

Mis hermanos y yo siempre fuimos unidos y nos queríamos mucho. A veces sentíamos que todo lo que teníamos en la vida era el uno al otro y así fue por muchos años. Mi hermano Gerardo y yo, aprovechábamos cada momento cuando mi madre no estaba en la casa para jugar.

Jugábamos todo tipo de juego: veo veo, con toallas usándolas como si fuéramos súperhéroes, también hacíamos ejercicios para parecernos a esos actores de películas con cuerpos musculosos. En aquellos días estaban de moda las películas de Rambo y el Exterminador. No nos preocupábamos de que mi padre llegara a la casa y nos encontrara jugando sobre la cama, ya que casi nunca estaba. Siempre estaba trabajando, al menos eso era lo que decía mi madre.

Nuestro vecindario era uno pequeño donde cada quien se conocía. Siempre había vecinos que por ser amigos de la familia tenían de cierto modo la responsabilidad de cuidar de los hijos de los vecinos. Lo curioso era que sólo estaban presentes para castigar y nunca se les veía para ayudar cuando se les necesitaba. Además de limpiar y ayudar a mi madre en las cosas de la casa, lo cual hacíamos todos los días, pasábamos el tiempo libre haciendo las tareas de la escuela, los ejercicios de matemáticas, practicando los números y el abecedario tantas veces como fuera necesario, hasta dominarlos con satisfacción. Desde niño me imaginaba siendo una persona con dedicación a mi trabajo y responsabilidad en mis compromisos. Hasta este tiempo sólo éramos mi hermano Gerardo y yo. Mi hermano menor Gabriel aún no había nacido, pero cómo olvidar aquel día.

La llegada de un nuevo ser es una que trae al principio dolor y mucha planificación, pero después de nacida la criatura, la alegría no se puede medir. El dolor físico que conlleva este acto y la preocupación por lo que pueda faltar para el bebé, son automáticamente reemplazados por una alegría que sólo saben describir los protagonistas de la obra.

Recuerdo aquella mañana, no era una mañana cualquiera. El sol no tardaba en salir. Las bodegas abrían sus puertas para atender al público. Mi tía, quien estaba en la casa en ausencia de mis padres, me envió a comprar algo, no recuerdo qué. Mis padres estaban en el hospital, mi madre se preparaba para traer mi hermano más pequeño al mundo. A este mundo donde todo es incierto, donde hay que luchar para mantenerse vivo, donde es difícil conseguir las cosas, donde la gente es tratada con indiferencia por el color de la piel, por el idioma que habla o por la diferencia de la clase social a la que pertenece. A ese mundo venía mi hermano.

Estando mi madre embarazada, solía invitarnos para tocar su vientre, porque la criatura se movía dentro de ella como si quisiera salir, como si ya no aguantara el estar encerrado o como si se aburriera por estar tanto tiempo en el mismo lugar. Alimentándose sólo por lo que mi madre le proveía. Supongo que él también quería su propia independencia. Pero ahora está aquí, de este lado, sin vuelta atrás.

Llegué de comprar lo que debía, minutos después llegó mi madre del hospital con el niño en sus brazos, apretado a su pecho. Lo miré como si temiera perderlo. Mi corazón fue invadido por la alegría de ver a mi nuevo hermano. Un sentimiento casi indescriptible me invadía. No me atrevía a tocarlo, temía que mis manos sucias por el sudor de haber corrido y el polvo de la calle lo enfermaran.

El nos miraba a mi hermano Gerardo y a mí con sus ojos grandes y negros. Con la vista extraviada tratando de reconocer quiénes eran los espectadores; pero dudo que con tan tierna edad pudiera lograr su cometido. Su piel suave como la lana, sus manos empuñadas preparadas para pelear y sus gritos desesperantes cuando tenía hambre, todo era parte del paquete.
Mi madre con cuidado único, nos invitó a tocar a quien por siempre estaría con nosotros en todos los momentos. Fue un momento muy emotivo. Sentí desde aquel instante la responsabilidad de cuidar de él como hermano mayor y protegerlo si fuera necesario con mi propia vida.

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Es difícil para mí recordar como estaban las cosas entre mis padres o el motivo que los llevó a la separación. Una tarde cualquiera, al menos eso pensé yo, pero que sería una tarde que cambiaría el curso de nuestras vidas para siempre, llegué de la escuela y vi a mi madre sentada en la única mecedora que teníamos con una carta en sus manos. Mientras la leía sus ojos se humedecían y lágrimas rodaban por su rostro. Le pregunté que le sucedía y me dijo: —esta carta es una carta de divorcio, tu padre me la envió—.

Me quedé pasmado, la respiración se me hacía escasa, no sabía qué decir o que pensar, sólo me limité a escucharla mientras se desahogaba. Casi no podía entender lo que me decía, sus palabras estaban envueltas en llanto y me dio mucho miedo verla en ese estado.

Mis padres tenían personalidades tan distintas como es el espacio entre el cielo y la tierra. Quizás por eso se separaron. Mi madre era fría y temperamental. Mi padre era todo lo contrario. Con él no nos sentíamos asustados. Siempre lo vimos como la parte comprensiva en lo que una vez fue nuestro hogar. Con él teníamos más confianza de jugar, hacer travesuras en la casa, incluso hablar de cualquier tema. Mi padre una vez fue locutor y en algunas ocasiones me cuentan que le escucharon transmitir por la radio local del pueblo. Yo nunca tuve la oportunidad de escucharlo, pero me hubiese gustado haberla tenido.

En los días siguientes después del divorcio, mi padre comenzó a visitarnos mensualmente. Siempre le preguntaba a mi madre dónde se estaba quedando, si ya no vivía con nosotros. Para entonces mi hermano menor, Gabriel, tenía nueve meses y yo el mayor de los hermanos contaba con apenas cinco años de edad.

Los días seguían transcurriendo y la situación en mi casa se agudizaba cada día más. Mi madre tuvo que salir a la calle a buscar trabajo para poder mantenernos. Era una mujer que no tenía mucha formación escolar, ni siquiera había terminado el bachillerato, pero se defendía bien en la costura.

Después de tanto buscar al fin encontró un trabajo mientras yo me quedaba en la casa cuidando a mis hermanos, cocinando y limpiando la casa. Tuve que aprender a limpiar, barrer, suapear, fregar los trastos de la cocina, lavar la ropa de todos, entre otras cosas. Era una tarea de casi todos los días lo cual me hacía terminar el día hecho pedazos del cansancio.

Cuando mi padre venía a visitarnos a la casa, nos daba cinco pesos, con los cuales comprábamos pan de batata. Un tipo de vívere que se usa para hacer varias cosas entre ellas las habichuelas con dulce, pero mi favorito era el pan. Dulce, color verde con negro, exquisito como si fuera hecho con todo el amor del mundo.

En mi casa las cosas continuaban empeorando, sentía que para mí todo era trabajar en la casa y cuidar de mis hermanos. Todo era tristeza y soledad. Había necesidad de todo, necesidad de esto, necesidad de aquello, hasta de necesidad de morir. Mi madre fue desarrollando una personalidad llena de amarguras y rencores hacia la vida con la cual me fue contagiando. Siempre me llamaba a su lado para contarme lo mal que mi padre se había portado por haberla abandonado con mis hermanos.

En la mente de un niño no existe la capacidad para entender que sus padres se separen. En una relación de familia, los padres constituyen el equilibrio emocional y moral de los hijos. Cuando uno de los dos se ausenta del hogar, quienes sufren más las consecuencias son los hijos. Comienzan a desarrollar traumas psicológicos, que a simple vista, no se pueden percibir. Sin embargo, se reflejan en la escuela, en la forma de vestir, de hablar y si no se tratan a tiempo, se convertirán en una bomba de tiempo. Luego nos preguntamos por qué los hijos llegan a hacer de la forma que son.

Mi vida escolar fue muy difícil. Llena de miedos, inseguridades y poco sociable. Asistí a más escuelas de las que puedo recordar. Mi primer grado lo cursé en una escuela algo retirada de donde vivíamos. Tenía que estar a tiempo, eso demandaba levantarme temprano y prepararme con mucha premura para estar a la hora en punto.

Recuerdo que había un árbol de jobos en el camino hacia la escuela, me gustaba pasar y recoger algunos para comerlos como merienda, ya que no tenía dinero para comprar en el receso.

En esos tiempos se escuchaba el rumor de que personas con mal corazón y ambiciones oscuras andaban en autos de color negro, secuestrando a los niños para vender sus órganos en el extranjero por muy buen dinero en el mercado negro, así que cada vez que veía un carro negro, me llenaba de miedo y pánico. Trataba de alejarme lo más pronto posible. No teníamos lo que tienen en países más avanzados, un autobús escolar para llevar y traer los niños de la escuela, cada quien debía buscar la forma de cómo llegar.

Siempre traté de ser un buen estudiante. Escuchaba decir a mi madre: apúrate, apúrate. La palabra traía a mi mente la imagen de un puré de papas, pero entendía lo que me decía. En mi afán de apurarme casi siempre obtenía A y B en mis calificaciones durante mi primer grado. Me sentía poderoso cuando llevaba a la casa una buena calificación.

Marcado por las heridas de un hogar destruido, donde la ausencia de un padre era notoria y una madre que se dedicaba a envenenar mi mente, recordándome las transgresiones de mi progenitor: desconfianza y baja autoestima fueron definiendo mi personalidad. Comencé a desarrollar ciertos complejos sociales y traumas psicológicos, que apenas podía comprender la magnitud de lo que me decían. Por las noches solía llorar, lleno de angustia y confusión, sintiendo en nuestro hogar, la presión de la necesidad que violentamente azotaba nuestras vidas con el más implacable de los castigos. Veía como mi niñez se desvanecía ante mis ojos, convirtiéndome en hombre sin haber llegado a la pubertad.

Cuando cursaba mi primer grado, un niño notó esa deficiencia personal en mí. Cada día solía molestarme lo que hacía de mi vida un infierno.

El abuso físico o verbal, político o emocional es algo que ha existido desde tiempos remotos y sólo se detendrá cuando la víctima decida que debe haber un cambio. No más, hasta hoy, estoy harto, me dije a mí mismo. Se lo comenté a la maestra pero mi petición fue ignorada. Siempre escuché a la gente decir un proverbio, "no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista." Después de haberle dicho hasta la saciedad, que por favor no hiciera mi vida más pesada de lo que ya era y haberle notificado a la maestra del problema, me decidí a resolverlo yo mismo. Un día tomé un lápiz y le afilé la punta con mucho cuidado. El, con mayor edad y tamaño, como de costumbre vino a molestarme. Lleno de dolor e impotencia, no lo soporté más y le clavé la punta del lápiz en un brazo.
En vista de lo sucedido la maestra decidió hacer algo por nosotros, pero ya el daño estaba hecho. Me castigó de pie frente a una pared con los brazos hacia arriba por un largo tiempo. Me sentí mal por lo que había hecho, pero al mismo tiempo me sentí libre, porque a partir de ese momento ya nadie me molestaba. Ahora podía concentrarme en mis estudios libremente.

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Nuestra situación continuaba siendo precaria, recuerdo que llegué a usar fundas plásticas como mochilas y tapas de frascos de inyecciones como borrador. No tenía confianza de hablar con mi madre y mi padre no estaba accesible. Mis hermanos eran pequeños y no entendían lo que yo sentía. Pero ¿entender qué? Si yo mismo no estaba seguro de entender lo que sentía. Preguntaba a mi madre dónde estaba mi padre, por qué se había marchado y cuándo regresaría. Su respuesta no quitaba mi dolor. Me sentía sólo y abandonado. Acostumbraba a sentarme sólo frente a la cera de la casa para meditar en los atardeceres lluviosos y sentía cómo una brisa gélida secuestraba mi tranquilidad. Llegué a pensar, que nosotros éramos los responsables de que ellos se hayan separado. ¡Grave error! Un sentimiento de culpa se adueñaba de mí y me hacía sentir que era merecedor de tanto dolor.
Para ese tiempo solía preguntar a mis padres por qué se habían separado, en cada ocasión recibía una respuesta diferente, que terminaba dejándome más confundido, luego de unos años desistí. Después que crecí y maduré, entendí que algunas cosas suceden y que toda relación con débil fundamento está destinada a fracasar. Hay algo que con el tiempo después de observarlo repetidamente, en diferentes familias, lo he llamado "el síndrome de la separación".

Una separación no sucede de la noche a la mañana, es un proceso paulatino, que afecta a todos los involucrados y tiene que ver con algunos factores: el tiempo que los miembros de la familia deben dedicarse exclusivamente para ellos, es decir, tiempo de calidad.

No es un tiempo de calidad en el cual se hacen actividades contando con la presencia de uno de ellos. Por ejemplo; ver televisión, ir de compras o ir a la iglesia. Es imprescindible, para que ese tiempo sea de calidad, que sea exclusivamente dedicado para él, ella o ellos. No es la hora del día ni el tipo de actividad lo que determina si es tiempo de calidad: es la devoción y pasión que pones en ello. Cualquier actividad rutinaria puede convertirse en un tiempo al que se le agrega calidad.

En el mundo en que vivimos, donde las cosas giran a una velocidad inimaginable y la vida es tan agitada, es difícil hacer tiempo de calidad para los demás, pero es necesario. A veces las parejas no coinciden en la casa y no disponen de suficiente tiempo para verse debido al contraste de sus horarios. Así cuando él sale al trabajo ella duerme, cuando ella sale él aún está trabajando, cuando él llega para almorzar, ella aún no ha llegado, cuando ella llega a la casa él aún no ha terminado, cuando él llega, ella y los niños están durmiendo. Y así, de esa manera se pasa la vida.

No dedicar tiempo de calidad para compartir con la pareja y con los hijos es destructivo. Colmar los hijos con regalos y cosas materiales no llenará el vacío, no suplirá la necesidad emocional que hay en ellos. Los regalos caros, los helados sabrosos y la abundancia de cosas materiales nunca podrán reemplazar el calor de un padre o la ternura de una madre. Sin embargo cuando no existe tiempo de calidad se presentan otros factores como es la barrera del idioma, que consiste, como su nombre lo indica, en una barrera.

El idioma en sus diferentes formas, hablado, escrito o por señales es el factor principal para que pueda haber comunicación. En los tiempos bíblicos, los hombres tenían un mismo lenguaje. Decidieron edificar una torre muy alta que llegara hasta el cielo y no sólo demostraron gran determinación y fe en que podían lograrlo, sino que también vemos, cómo el lenguaje juega un papel muy importante. Dios, sabiendo que morirían en el intento, pues cuando llegaran a la exosfera la falta de oxígeno los mataría, decidió descender y cambiar el lenguaje de cada uno de ellos, de forma que nadie podía entenderse. Al verse en esa situación, dieron por terminada la edificación que habían comenzado.

En una relación familiar o de parejas sucede algo parecido, el idioma lo constituyen las emociones; el afecto, el cariño y la comprensión. Cuando estas desaparecen, se erige una barrera, la comunicación desfallece y muere la relación. Estoy cansado, no tengo tiempo ahora, tengo dolor de cabeza, ¿qué quieres ahora?, son de las expresiones que suelen acompañar las emociones negativas. Luego de esto viene el reemplazo.

Todos los seres humanos poseen la capacidad de poder adaptarse a un nuevo medioambiente o a una nueva relación. Lo que lo hace posible es poder reemplazar una cosa por otra. Si vives en un país de clima tropical y te mudas a otro de clima frio, ejercitarás esa capacidad. Lo mismo sucede con los alimentos. En toda relación se debe luchar por no llegar a este punto. Una vez allí, no es imposible, pero se hace cuesta arriba mantener viva la relación. Todos los seres humanos tenemos necesidad de algo; amor, alimentos, aire, agua, dinero. Cuando estas faltan, tratamos de sustituirlas. Cuando no pasas tiempo de calidad con tus hijos o pareja, sino que la mayor parte del tiempo la dedicas al trabajo o a los amigos, esto es indicativo de que estás echando a un lado lo más importante.

La necesidad de estar en el hogar, compartiendo con los hijos y dedicando tiempo a la pareja, se irá reemplazando progresivamente por el placer que brinda estar en compañía de los camaradas o la satisfacción que sientes al ascender un peldaño más en el trabajo.

Entonces la forma de amarse no es la misma. Ahora el estar juntos se siente como un trabajo y no un placer. Ahora se lucha por mantener la relación viva; pero no se disfruta y estas cosas van marcando las vidas de los involucrados.
Ese es mi caso Alberto, notaba la ausencia de mi padre, mucho tiempo fuera de casa, pienso que todo eso dio lugar para que su corazón se llenara del amor espectro que brinda el estar involucrado en asuntos de trabajo, amigos y otras cosas de la vida que nunca terminan y que arrastran como un buey arrastra el arado cuando surca la tierra; lento pero seguro.

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Esporádicamente recibíamos la visita de nuestros abuelos que siempre eran bienvenidos. Mis hermanos y yo disfrutábamos esas visitas. En una de esas visitas, mi abuela maternal decidió ayudar a mi madre abriendo un pequeño negocio en la parte frontal de la casa. Hicimos una improvisada división de cartón y un pequeño mostrador para colocar víveres, arroz, granos, aceite, guineos maduros y todo aquello que mi abuela pensaba que el vecindario podría demandar. Y en efecto la gente comenzó a llegar y el negocio empezó a producir.
Mi abuela me fue envolviendo en el negocio y esto se convirtió en una especie de escuela para mí. Ella solía decir la frase que mi madre por muchos años nos decía, "yo no seré pa’ semilla". Tiempo después la entendí. Mi abuela era una mujer que le gustaba trabajar, casi al punto de la obsesión. Veía trabajo dondequiera y si no había, lo creaba, así vivió hasta el día en que murió. Quizás fue lo único que conoció en la vida. Yo por mi parte, me sentía muy bien ayudando en el negocio. Por ello me gustaba pasar tiempo en eso y se convirtió en una terapia para mí.

Pero luego perdimos el contracto de la energía eléctrica, así que tuvimos que usar lámparas de gas por mucho tiempo. Ahora no podíamos ver televisión y como nunca habíamos tenido una nevera por lo menos no sentíamos la necesidad de ella. A medida que pasaba el tiempo, tratábamos de vivir un día a la vez.

Mi madre, por su parte, se desahogaba contándome cosas de mi padre. Me decía que él era un mal padre así como lo fue de esposo en el matrimonio, que nos había dejado por otra mujer, que se había olvidado de nosotros. Ponía palabras en mi boca para que cuando mi padre viniera a visitarnos, yo me sentara con él a echarle en cara todas las desgracias y calamidades que estaba haciéndonos pasar, que su abandono y falta de apoyo a su familia estaba destruyéndonos lentamente, que él sabía que ella no tenía una fuente para ganar dinero y aun así la abandonó. No entendía del todo las palabras que ella decía, pero de alguna manera esas palabras traspasaban mis oídos y llegaban a mi mente. Me hacían sentir una rabia descomunal y desmedida que no podía apaciguar.

Esperaba el momento de su llegada. La forma en que le diría en su cara, las tantas cosas que sentía, el odio que consumía mi pecho a fuego lento y la tristeza que marchitaba mi alma, cual hermosa flor al atardecer. Pero como la mente es un mundo que no tiene fin, en ella puedes crear tantas cosas que a veces no tienen sentido en la realidad. Cuando mi padre llegaba, no sabía qué hacer, tenía el deber de hablarle o mi madre se enojaría conmigo. Me sentía en medio de una lucha que yo no había iniciado pero que por alguna razón debía ser el mediador. Al final, terminaba diciendo nada. Prefería dedicarme a disfrutar los escasos momentos que teníamos con nuestro padre.

Un día llegó a la casa un hombre de piel morena y estatura normal. Era un vendedor de empanadas rellenas de mermelada de guayaba que tenían un sabor único. Mi madre y él comenzaron a hablar acerca de cosas que nunca supe. Siempre que venía alguien a la casa, mi madre nos decía que nos fuéramos a la habitación. Decía que no era buena educación que los niños estuvieran presentes cuando los adultos conversaban. El señor de las empanadas comenzó a venir más a menudo y siempre nos traía de esas deliciosas empanadas.

A mis nueve años descubrí que mi madre estaba embarazada del hombre que un día llegó como visitante. Semanas después nos dijo que se mudaría a casa de su hermano que vivía en Samaná. No entendía nada de lo que allí sucedía. Primero nuestro padre nos abandona y ahora también nuestra madre, ¡Qué pecado habíamos cometido para merecer tanto abandono, tanto dolor! o ¿Qué haríamos en el futuro que ahora lo estábamos pagando?

Llegó el día en que mi madre se mudaría y nos quedaríamos solos. Nos dijo que cuando ella se fuera, nosotros nos iríamos a vivir donde nuestros abuelos, los padres de mi padre. Un camión de mudanzas llegó en la tarde de ese día para recoger las pocas cosas que había en la casa y cómo en un soplido la casa quedó como un desierto. Llena sólo con la ausencia de una familia que dejó de existir allí, antes de dejar de existir.

Fue un día devastador para mí. Caminaba por la casa vacía sin saber qué dirección tomar, sin saber qué buscaba, un consuelo quizás, un rincón donde llorar, donde poder derramar mis lágrimas hasta que mis ojos estuvieran secos y mi voz se apagara. Mi cuerpo estaba dolido. Mi alma literalmente no aguataba más sufrimientos. Caminaba por la casa y el fantasma de la soledad me perseguía, era prisionero del temor. El temor a la soledad. Fui a casa de la vecina de al lado, tal vez hablando con ella me sentiría mejor. Mi abuela recogía las cosas del negocio. Mis hermanos y yo tomamos nuestra ropa para ir donde los abuelos paternos y nos marchamos sin mirar atrás. Era una tarde fría y el sol se había ocultado. Sentía que hasta la naturaleza nos daba la espalda.
Cuando llegamos, mis abuelos se sorprendieron de vernos. Al parecer ellos no conocían del asunto, pero no dudaron en darnos alojamiento. Yo no sabía qué hacer o decir. Nos mostraron la única cama donde dormiríamos y éramos tres. Mi abuela nos advirtió sobre el abuelo diciendo que era un hombre difícil, me asusté muchísimo. Cuando escuchas esas palabras acerca de una persona por lo general no es bueno.
Ahora en casa de nuestros abuelos, veíamos a nuestro padre todas las semanas. El venía y daba a mi tía algo de dinero para ayudarse con la comida de nosotros. Los padres de mi madre también vivían relativamente cerca. En casa de los abuelos había un pequeño negocio en el que se vendía: pollo, verduras, víveres y otras cosas esenciales para la comida diaria. Con mis abuelos vivía tía María, quien aún no se había casado y cuidaba de sus padres. Era una mujer muy amable, de carácter dulce y afable. Asistía a la iglesia casi todos los días junto a la abuela Magdalena.

Iba a la iglesia con ellas por las noches y poco a poco me fui destacando en la escuela bíblica y aun en el servicio de los adultos. Allí conocí mucha gente buena. La iglesia estaba localizada frente al cementerio, en un sector que se llama Barrio Puerto Rico, así fue como le perdí el miedo a los muertos. Aprendí, que sólo los vivos son los que hacen algo para dañarte.

Tía María estaba encargada de limpiar la iglesia y también de vender los pollos en la bodega de los abuelos. Cada mañana se la veía venir en una motocicleta con varios pollos para vender en el negocio. Dormía en el piso de la iglesia, lo cual yo llegué hacer varias veces porque en casa de los abuelos sólo había una cama y era de un sólo nivel. Mis hermanos dormían en ella y yo tiraba sacos y sábanas viejas en el piso para dormir. Lo que me hacía ser el último en ir a dormir y el primero en levantarme.

La casa de los abuelos sólo tenía dos cuartos, no había cocina y el baño era una letrina que estaba en la parte atrás del solar de la casa. El piso era de tierra, por eso siempre había mucho polvo y era necesario limpiarlo todos los días. Recuerdo que los víveres eran enterrados en un hoyo en el suelo hasta el día siguiente. Tía María se encargaba de preparar la comida, pues los abuelos sólo hacían lo que podían ya que estaban muy avanzados en edad.

De repente algo sucedió que cambió el curso de las cosas: mi abuela enfermó gravemente, le dio una enfermedad llamada trombosis cerebral, así recuerdo que decían y desde entonces nunca fue la misma. Estuvo varias semanas interna en el hospital Moscoso Puello, mientras que en la casa las cosas se resolvían como se podía. A menudo venían sus hijos para saber de su estado, los que podían iban al hospital y todos se encomendaban en las manos de Dios. Los médicos, después de largas semanas decidieron dejarla ir a casa. Cuando la abuela llegó a la casa, fue conducida hacia adentro por mi padre y otro de sus hijos que allí estaba esperando su regreso.

No era la misma persona, la enfermedad la había cambiado por completo, parecía no tener idea de lo que pasaba a su alrededor y casi siempre mantenía la vista en un mismo lugar. Se movía con mucha dificultad. No hablaba, sus funciones fonéticas fueron afectadas por aquella terrible enfermedad. Necesitaba ayuda para todo. Pasó el resto de sus días yendo de la cama a una mecedora que había en la sala. Su alimentación era precaria. No podía comer como antes lo hacía. Todo esto hacía la carga más difícil para todos en la casa. Aquello me puso muy triste, de hecho, todos estábamos tristes.

Todavía recuerdo los detalles del día en que la abuela Magdalena murió: estaba acostada, tía María dándole una sopa, mientras lo hacía la cuchara con la que le daba de comer cayó al suelo y en el instante en que tía María recogió la cuchara del suelo, abuela falleció. Sólo tomó segundos. ¡Qué frágil es la vida! Estás vivo y en el momento menos esperado dejas de existir.

En seguida hubo mucho movimiento en la casa. Tía María me encomendó los familiares que vivían en la cercanía para decirles que la abuela había partido. Tomé el camino más corto y en seguida todos estuvieron presentes.
El velatorio se hizo donde Pedro su hijo mayor. Allí acudieron los familiares y amigos a darle el último adiós. Al día siguiente fue el sepelio. De camino al cementerio, meditaba en cosas que la abuela decía creer. Ella creía en la vida después de la muerte, que después de la muerte ya no habría más sufrimientos donde quiera que su alma fuera a morar y que morir con Cristo es ganancia. Estaba muy triste, pero al recordar esas palabras mi alma encontraba paz.

 
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Asistí a la escuela Bernardo Pichardo y allí cursé hasta el séptimo grado. Fue cuando estaba en cuarto grado que fuimos a vivir con los abuelos y el mismo año en que la abuela Magdalena murió. Después de su muerte las cosas tomaron un giro diferente en la casa: ahora tía María se ocupaba más de las cosas del abuelo y la comida de nosotros, mi padre, por razones que desconocía no venía a vernos regularmente como lo hacía antes, fue esa la razón por la que no se enteró de la muerte de su madre sino hasta un mes después de su fallecimiento.

En la escuela estaba teniendo muy malas calificaciones, estuve a punto de repetir un grado. Luchaba por ser mejor estudiante,  pero mi esfuerzo era en vano, no tenía apoyo. Encontraba que todo era mucho para mí. Faltando semanas para terminar el año escolar, mi madre quiso que fuera a vivir con ella a la ciudad de la Romana, pero allá en un nuevo grupo de estudiantes y una escuela diferente, me era difícil acostumbrarme. Mi profesor, desde Hato Mayor le envió una carta a mi madre pidiéndole que por favor me permitiera regresar, que no era bueno que mi año escolar fuera interrumpido de esa manera. Ella lo entendió y me envió de regreso.

Como una forma de salir de la monotonía, un día, comencé a limpiar zapatos e iba por las calles de casa en casa preguntando si tenían algún par de zapatos sucios que quisieran limpiar. Ganaba dos o tres pesos por cada par de zapatos, dependiendo qué tan sucio estuvieran. Un día pensé quedarme para jugar con los amigos del barrio y a mi abuelo no le gustó la idea, me dijo que no me quedara en casa vagando, que los hombres honrados deben trabajar siempre, asi que tuve que salir a limpiar zapatos.  Lo que comencé a hacer por diversión ahora debía hacerlo por obligación.

Así comenzó mi vida laboral. Ahora debía ir a la escuela por las mañanas y en las tardes a trabajar. A veces me sentía mal con mi abuelo porque me obligaba a trabajar, no tenía tiempo para estudiar o jugar. Me hacía lavar su ropa interior ensangrentada debido a un problema de próstata que padecía y me daba cincuenta centavos como paga por mi labor. En su mente no estaba la capacidad de comprender que un niño necesita tiempo para estudiar y jugar de vez en cuando. Después de la muerte de la abuela se convirtió en un hombre extraño, a veces sentía que me odiaba.

Mi primo Alberto y su hermana con quienes siempre tuve muy buena relación, estudiaban en la misma escuela que yo. Ellos con su familia vivían en el campo. En los veranos iba a visitarlos por una o dos semanas. Su padre labraba la tierra, así que les ayudaba en la faena. Su madre era una mujer de hogar, mantenía la casa limpia y la comida lista para el regreso de los trabajadores.

Un día le expliqué a mi primo que limpiando zapatos podía ganar algo de dinero, esto lo motivó y comenzó a tomar los fines de semana para ir a la ciudad y limpiar zapatos. Íbamos de casa en casa, preguntando por zapatos sucios. Juntos formábamos un equipo. Era una grata experiencia compartir con él. El dinero que obteníamos lo dividíamos en partes iguales. Así mismo debíamos darlo para la comida lo cual nos dejaba sin nada en los bolsillos al final del día. Recuerdo que una vez estuvimos ahorrando dinero "por una semana" para poder comprar una de las hamburguesas que vendían en el parque principal.

Después, para incrementar los ingresos, vendíamos maní, que costaban veinticinco centavos el paquetito o lo cambiábamos por botellas vacías de cervezas y refrescos las cuales despues vendíamos. También vendíamos palomitas de maíz y mangos que mi primo traía del campo.

Para ese tiempo, mi madre decidió regresar de Samaná. Alquiló una pequeña habitación en uno de los barrios cercanos donde vivían mis abuelos y nos fuimos a vivir con ella. Yo debía seguir limpiando zapatos. Tendría algunos once años de edad para ese entonces. Sentado en una esquina limpiando zapatos, alcancé a ver a un hombre que tendría algunos veinticinco o treinta años de edad. Se me acerca, empezamos a hablar sobre la vida y las injusticias que en ella vemos. Me parecía una buena persona y desde entonces pasaba casi todos los días por la esquina donde acostumbraba a limpiar zapatos para hablar conmigo. Le comenté a mi madre sobre un hombre, a quien conocí en el trabajo, que estaba interesado en ser mi amigo; pero ella no le puso importancia al asunto. Sólo le interesaba saber cuánto dinero yo podía traer a la casa.

Un día el hombre a quien conocí me invitó a salir para dar un paseo por el pueblo, me brindó un helado y fuimos de regreso a la casa. Comencé a tomarle confianza y los regalos eran frecuentes. Carecía de muchas cosas, veía lo que me daba como bendiciones, oraciones contestadas. Una noche me invitó a salir, se lo hice saber a mi madre, pero le dio igual. Al caminar, noté que íbamos por lugares que yo no frecuentaba, que eran poco familiares para mí e inhóspitos. Las calles estaban oscuras y las pocas casas deshabitadas. Le tenía confianza y no pensé que me fuera a hacer daño, pero al mismo tiempo sentí miedo. Si él decidiera hacerme daño no tendría a quien llamar, si abusara de mí, no habría alguien cerca para pedir ayuda. Si decidiera correr, él me alcanzaría. Sólo le pedí a Dios que por favor cuidara de mí.
Nos acercamos a una casa vacía —detengámonos aquí por un momento —me dijo, tomándome por el brazo.
—¿Por qué? —le pregunté con mucho temor.
—Descansemos un momento —contestó.
Nos sentamos en la galería de la casa que estaba abandonada y comenzamos a hablar. Yo estaba nervioso. Traté de darle las gracias por querer ser mi amigo y por las cosas que me había regalado.
—Si te sientes agradecido de mí, déjame besarte —me dijo.
—¿A qué te refieres?
—Déjame besarte si estás agradecido.
Tenía miedo de lo que pedía. Se me acercó para besarme y volteé la cara.
—Así no, déjame besarte en la boca.
Mi corazón latía fuertemente. Comencé a sudar, un gran temor se apoderó de mí. Pensaba mil cosas a la vez. Tardé unos segundos en  reaccionar. No sabía que decir… mientras él insistía.
—Si no me dejas besarte, lo haré por las fuerzas.
Comencé a suplicarle que por favor me dejara ir, que yo sólo era un niño que quería trabajar y superase.
—No me importa, ¿crees que esas cosas que te he dado te las di de gratis? Todo tiene un precio. Ahora necesito que me pagues.
Así es, todo tiene un precio en la vida. Por lo general, quien te da algo, espera que se lo pagues. Quien te ofreció la mano cuando estabas postrado. Quien te dio un empujón cuando estabas a mitad del camino. Quien te dio comida cuando tenías hambre. Quien te dio ropa y calzado cuando estabas desnudo. Quien te dio un consejo cuando parecías confundido. Quien te dio trabajo cuando lo necesitabas. Quien se guardó el secreto cuando te vio hacer lo incorrecto. Quien te dijo, cuenta conmigo para lo que quieras y cuando realmente lo necesitabas no podía. Quien te brindó su atención. Quien te dio su amor cuando carecías de afecto. Y todo aquel que una vez te hizo un favor, espera que un día se los pagues con los intereses. Piensa que tu vida le pertenece.

Me tomó por el brazo con mucha fuerza —pero no tengo dinero para pagarte— le decía con lágrimas en los ojos. Trataba de soltarme mientras le suplicaba que me dejara ir. Me dio un golpe fuerte en el estómago y quedé privado, me faltaba la respiración. Me empujó con mucha violencia y caí al piso. Al caer me golpeé fuertemente la cabeza y mis rodillas quedaron inmóviles. Traté de incorporarme, pero fue inútil. Se echó sobre mí, intenté grita, pedir ayuda, al parecer nadie me escuchaba. Seguía insistiéndole en que me dejara ir, pero él tomó mi cabeza y la chocó contra el piso. Sentía cómo pasaba su lengua asquerosa por mi espalda y luego bajó mis pantalones mientras decía palabras que no puedo repetir. Yo oraba y decía: si existe un Dios ¿por qué permite que me suceda esto? ¿Por qué permite que este hombre se aproveche de mí?

Fueron los minutos más despreciables, asquerosos y miserables de mi vida. Quería morir, me sentía sucio y nauseabundo. Me odiaba a mismo por haber sido tan ingenuo, por haber depositado mi confianza en alguien que había abusado de mí. Después de haberse aprovechado de mí se incorporó y me dijo: recuerda, sé dónde vive tu familia. Yo estaba aún tirado en el suelo, llorando, débil.

La hora estaba muy avanzada y mi madre y mis hermanos los suponía acostados, pero en realidad no quería ir a la casa, quería desaparecer, dejar de existir para siempre. Me puse de pies y me arreglé lo mejor que pude. Subí mis pantalones y escupí hasta deshidratarme. Luego tomé el camino más largo para llegar a casa. Ahora no me importaba dónde estuviera o si era peligroso estar en la calle a esas horas de la noche. Cuando llegué a la casa mi madre y mis hermanos estaban dormidos tal como lo pensé. Abrí la puerta con cuidado y me eché en el piso donde estaba mi cama. Medité y lloré en silencio tratando de olvidar aquella pesadilla. Tenía miedo de volver a ver a ese hombre, quería olvidar esa noche, borrarla de mi vida para siempre, como si nunca hubiese existido. Nunca le conté a nadie sobre aquello. El temor, la vergüenza, la repugnancia que pasé no me dejaba hablar. Tenía miedo por mi familia, pensaba que si hablaba él lo sabría y les haría daño a mis hermanos o a mi madre, además, no tenía con quien platicarlo. A mi madre no le interesaba lo que ocurría en nuestras vidas ni cómo nos sentíamos y a mi padre hacía tiempo que no lo veía.
Los días siguientes a ese horrendo hecho fueron llenos de pesadillas y desvelos. No pude dormir por muchos días, vivía asustado y hasta de mi propia sombra sentía miedo, luego entendí que era mi mente jugando conmigo. Entré en un estado de nerviosismo que me tomó muchos años poder superar.

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¿Cómo se espera que tengamos un mundo mejor o una sociedad sin delincuencia? Si los que están destinados a cuidarnos, a protegernos y enseñarnos el buen camino no están cumpliendo con su trabajo. Luego se preguntan ¿por qué mis hijos son de tal o cual manera, si yo nunca he hecho nada así? Exacto, nunca hicieron nada. Las cosas no suceden porque sí, hay que trabajar por ellas. Es cierto que entre las parejas se presentan problemas que parecerían insuperables y que en ciertos casos la separación es lo mejor, pero esto no es excusa para abandonar a los hijos y olvidarse de ellos porque estos van a repetir las acciones que vieron en sus padres.

Yo sentía que nosotros no les pertenecíamos a nadie, excepto cuando hacíamos algo que no era del agrado de los adultos. En tales casos siempre había suficiente personas para castigarnos; tíos, abuelos, padres, siempre estaban dispuestos para usar el látigo cuando consideraban que era necesario. Malditos tíos, abuelos y vecinos, creen que criar es sólo dar comida y tamaño, en eso no se distinguen mucho de los animales. Nunca encuentran espacio en sus horarios para hablar con sus hijos, saber de sus problemas, de sus asuntos personales.

Entiendo que criar es alimentar, enseñarles a tus hijos lo que deben comer, lo saludable, para que mañana no mueran de un infarto al corazón. En algunas sociedades es más económico la comida chatarra que la saludable, pero es importante esforzarse por comer saludable ahora, de lo contrario, lo que hoy se ahorra en comida mañana se gastará en medicina.

Si los padres fallaron en darles una buena educación a sus hijos y no hubo una buena relación con ellos, es difícil que no se repita el mismo maldito ejemplo, pero se puede ser diferente. Ahora que soy padre hago un llamado, trata de ser un buen ejemplo para tus hijos. "Se aprende por ejemplo y se aprende por contraste". La educación es vital.

Hay dos tipos de educación: la que se aprende en la escuela y la que se aprende en el hogar. Es la educación que se aprende viviendo con los padres, los abuelos, o dondequiera que se viva. Es la que se refleja en las escuelas y en el medio en el que circulan nuestros hijos. Muchos padres de hoy han olvidado que esa es su responsabilidad y dejan que la escuela haga ese trabajo por ellos. Lamentablemente los maestros están ahí para enseñarles matemáticas, lengua española u otras disciplinas curriculares. No para educarlos, para decirles cómo conducirse, si deben o no respetar a los demás. Muchos creen que están haciendo un buen trabajo con sus hijos y es lo peor del caso. Porque lo que se está creando son fábricas de delincuentes.
Un hijo fuera del matrimonio, fuera de la edad apropiada o cuando no se está preparado académicamente no es una equivocación. La equivocación es traer un hijo al mundo para no educarlo. Primero, lo preferible es tener los hijos dentro del matrimonio, pero como dice un refrán, "si puedes tener la vaca por libras para qué comprarla entera". Segundo, que los padres de esos hijos por lo menos hayan alcanzado la suficiente madurez. Los padres jóvenes de hoy piensan que al tener un hijo han madurado y están capacitados para la vida. Y por último, sería muy conveniente que ambos tengan una carrera, estudios o una fuente de ingresos para darles sustento y protección a esos hijos. Si un joven le pide a una joven tener sexo como prueba de amor, en realidad no la ama. Si una joven coquetea con un joven por lo que tiene, en realidad no es amor. Después que está embarazada la deja y le será muy difícil encontrar un buen hombre. Por igual, después que un joven se ha superado y ha logrado alcanzar lo que soñó y llega a perderlo todo, esa joven también lo dejará. Enamórate con la mente, no con el corazón.
Por otra parte disciplinar no es sólo castigar o dar golpes. Disciplinar es un balance que puede variar de una familia a otra. Si una familia quiere que sus hijos sean parásitos y escorias en el futuro, pues ese es el balance que van a usar. Si una familia lucha para que sus hijos sean hombres y mujeres de bien, ejemplo y provecho para la sociedad y el mundo, ese es el balance que van a tomar.
—¿A qué tipo de balance te refieres?
Alberto, "los hijos son parecidos a una bola de jabón, si no la sostienes con firmeza se escapará de tus manos, pero si la aprietas muy fuerte se saldrá". El balance es la diferencia que señala o indica cuando y cómo castigar. No existe un libro con una guía universal o individual para criar o educar a los hijos. Yo, que fui abandonado por mi propia familia, pero que crecí bajo el amparo de muchas y que me ha tocado trabajar con cientos de jóvenes estudiantes y sobre todo pensando que un día yo también tendría mi propia familia, me dediqué a aprender de ellos lo más que pude.

La disciplina, cualquiera que sea el método que se use debe comenzar contigo. No esperes que tus hijos hagan bien lo que tú haces mal. Comienza corrigiéndote a ti mismo y luego tendrás fuerza moral para reprocharles. La disciplina debe empezar desde la concepción de la criatura, la estimulación temprana. Está demostrado que los  niños que reciben estímulos positivos desde que están en el vientre y se continúa este proceso en ellos tienden a ser personas productivas y proactivas. A los hijos no se les obliga, se les estimula. La buena relación entre padre e hijo comienza desde el vientre. La disciplina debe ser asertiva.
Con los niños, usualmente usamos la palabra no. Esta se convierte en parte habitual de nuestro discurso: no a la radio, no a la televisión, no a los cristales, a los cables eléctricos, etc. En lugar de eso, se debe explicar las razones de la prohibición sin gritos y usando un lenguaje adecuado a la edad.
Un día mi hijo me hizo una pregunta que me dejó algo sorprendido.
—Papi, ¿por qué siempre dices que no?
Me puse en cuclillas y le contesté.
—Hijo, siempre digo que no a lo que te lastimará—. El me miró con la tierna mirada que caracteriza un niño de alma pura e inocente. Lo tomé de la mano y fuimos a la habitación principal. Conecté la plancha y esperé a que se calentara. Luego le dije:
—Tócala por un segundo y quita la mano rápidamente.
—Está caliente papi.
—Exacto —le dije— ¿Y qué pasaría si la tocas por cinco o diez minutos?
—Me quemaría y la mano me dolería mucho.
—Precisamente por eso te digo que no —repliqué, mientras desabotonaba mi camisa para mostrarle una cicatriz.
—¿Ves esta cicatriz en mi pecho?
—Sí papi.
—Cuando yo era niño como tú, mi madre estaba cocinando en un anafe y me dijo que no tocara nada. Había una cuchara dentro del anafe que atrajo mi atención. Por curiosidad tomé la cuchara y me la puse accidentalmente en el pecho y fue bastante doloroso. Si tan sólo hubiera escuchado a mi madre, no habría pasado por esa experiencia dolorosa. Ahora llevo esta cicatriz como recuerdo.
—Hijo, como tu padre sólo quiero lo mejor para ti y siempre te diré no a lo que no te conviene o te lastimará. Es mi trabajo.
Desde aquel día mi hijo entendió que detrás de la palabra no existe una razón o tal vez una mala experiencia que puede ser evitada.
Existe entre los padres, la tendencia a tener un hijo favorito, ya sea hembra o varón y en ocasiones, entre ellos se preguntan ¿Cuál de ellos es el más amado por sus progenitores?
En mi opinión personal pienso que esto es un grave error, que el sólo hecho de pensarlo puede traer consecuencias catastróficas. Por otro lado, imagina que de las dos manos usas una más que otra como es natural, ¿te cortarías una porque la usas menos? No lo creo. Necesitas ambas aunque las uses para diferentes tareas. Es asunto de roles.
No amarás a tu pareja menos que a tus hijos sólo porque ellos son el fruto de tus entrañas. Son amores diferentes y cada cual es único: un compañero, una compañera, un hijo mayor y uno menor. Sólo tienes uno de cada uno, ámalos por lo que son, no por el orden, porque en una situación de vida o muerte, de seguro morirías intentando salvarlos a todos. Nadie tiene ex-hijos y aunque la relación entre parejas haya terminado "si no das al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" el silencio y la soledad serán tus compañeros (Mateo 22:21).

El castigo es parte de la disciplina. No esperes aplicarlo cuando la lista de desobediencias haya llegado al tope y entonces descargar toda tu ira. Cuando cargas a tu hijo de meses en tus brazos, ¿piensas que ese niño que ves ahí, frágil e inocente es un futuro homicida o un criminal? claro que no. El no elige ser eso. Es asunto de responsabilidad. Una vez el niño ha crecido y esto sucede…La pregunta… ¿Cuándo y dónde aprendió eso? Lo correcto sería ¿Cuándo y dónde fallaste como padre?

La disciplina es similar a tomar un cántaro de agua en tu cabeza para llevarlo del punto A al punto B. En el momento que pierdes el equilibrio el cántaro de agua se viene al suelo y el agua se derrama. Así es con los hijos, es algo que debe comenzar desde muy temprano y ser persistente hasta el final, hasta que ellos puedan conducirse por sí mismos, como llevando el cántaro sin perder el equilibrio. En mi opinión, no existen padres malos o padres buenos, sólo padres responsables e irresponsables. Se debe ser metódico y persistente, ya que una gran lección no se aprende en un sólo momento. Hay cosas que se resuelven hablando y otras de manera drástica. Cualquiera que sea el método, procura que detrás de cada castigo, haya una lección aprendida y no la ira salvaje.

Por otra parte, los hijos no pidieron nacer. Si fueron planificados o no, esa fue tu decisión. No estés presente sólo para reprocharlos o para felicitarlos cuando logren algo. También haz presencia para hablar con ellos, saber de sus problemas: eso no te hará menos mujer o menos hombre, sólo te hará mejor padre y mejor madre, te lo aseguro. Recuerda, el que viola es por lo general un conocido y el que influye a tu hijo a ser un criminal es su mejor amigo.

En mis años como profesor me di cuenta que uno de los factores que más contribuye al desvío de los jóvenes no es el alcohol, la droga o la calle. Son sus padres. Los padres irresponsables son el peor de los vicios. Las drogas, el alcohol y la calle son el reflejo de la mala formación en casa. Los jóvenes se vuelven a quienes les dan el cariño y el afecto que les hace falta. Si revisas la historia la mayoría de los grandes problemas de la sociedad fueron causados por personas cuyos padres fallaron en su papel y no por las sustancias de las que abusaron. Una pregunta que hice a todos mis alumnos cuando impartía docencia fue la siguiente: —¿Quién es tu mejor amigo o amiga?— Alarmantemente la mayoría de los estudiantes entrevistados prefería contarle sus cosas personales a alguien que no fuera un familiar. ¿Por qué tiene que ser un extraño, alguien que no vive con ellos bajo el mismo techo su mejor amigo?

Si los padres dedicaran más tiempo de calidad a sus hijos habría más y mejores profesionales. Menos delincuentes y criminales en las cárceles. Menos muertes. Menos jovencitas ignorantes criando niños cuando ellas mismas no se han terminado de criar. Menos familias destruidas y disfuncionales. Menos jóvenes presumiendo ser el alma de la fiesta ignorando que son unos inmaduros. Menos jóvenes ridículos embarazando jovencitas. Menos personas pobres. Menos dictadores. Menos policías corruptos que se venden por estiércol. Menos gente presumiendo ser gente cuando realmente lo que son es piltrafa humana. Menos países en la tierra eligiendo un grupo de políticos que se enriquecen con la pobreza e ignorancia de los pueblos. Menos personas matándose entre sí. Menos guerras; y el mundo sería un lugar más seguro de habitar.
No digas que tu hijo es fuerte o que es difícil de criar. Todos nacen iguales, pequeños, frágiles e inocentes. ¿Has visto un niño que al nacer sea racista? ¿O violador o atracador? Se tú el mejor amigo de tus hijos. Tratas con mayor delicadeza al que viene de fuera. Le brindas agua en la mejor copa que tienes, pero a tus hijos, tú vecino o el que siempre está a tu lado le das agua en el jarro de lata de salsa que hiciste en el patio de la casa. Los que hablan bien o mal de ti son los que te ven diariamente. Trátalos como si fueran de fuera.
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